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Las paredes son de piedra, unas piedras desgastadas, deslavadas, próximas a quedar lisas, escasos son los rasgos que las diferencian, pareciera que gustaran de las duchas de arena a presión o que hubieran estado ahí por siempre, en algunas ya no se logra distinguir donde empiezan o donde terminan, blancas algún día, tal vez, hoy amarillentas, grisáceas, opacas, algunas incluso ahumadas, unas piedras que casi han perdido su identidad, pero juntas, juntas forman el Hedone.

Hay que entrar por un pequeño túnel, obscuro, seco y con olor a vainilla. Al final, una barra alumbrada tenuemente, custodiada por Vaike; mujer de tez color nieve, alta, tal vez demasiado, cabello largo, negro y lacio, ojos azules, penetrantes, y cuerpo esbelto, un tanto atlético. Ella de pie, con las piernas separadas, con los tobillos alineados con los hombros, sin flexionar las rodillas; a la altura de la cadera su cuerpo presenta una marcada inclinación hacia enfrente, apoyada con ambas manos en el mostrador, disimulando con una sonrisa las carcajadas que le provocan tantos desesperados en la misma situación. Con un inglés marcado por tantos años de ruso impuesto me preguntó si sabía lo que quería, rematando con un guiño; yo, que aunque muy vivido jamás había estado en estos lugares, respondí que no. Extendiendo su brazo me facilitó un menú, sobrio, elegante, que contenía cada uno de los masajes con su precio y duración, seguidos por una pequeña pero detallada explicación. Mientras leía, sentía como aporreaban mi pudor, conforme avanzaba, la paliza iba siendo más severa, incluso hubieron palabras cuyo significado es todavía un enigma para mi, pero que sonaban salvajemente deliciosas.

De pronto una cortina, antes imperceptible, deja al descubierto un pasillo inundado de pequeñas puertas alumbrado por velas. Detrás de ésta aparece una silueta femenina, incluso de mayor estética que la de Vaike, apenas cubierta con un pareo delgado aferrado a su figura. Piel canela regalada por el sol, descalza, de pies diminutos, piernas largas, delgadas y torneadas, exageradamente bien torneadas, con unas caderas que retaban a cualquiera, el abdomen tenuemente marcado, con una piedra ámbar columpiándose del ombligo por su diminuta cintura, unos pechos, redondos, ligeramente más grandes que un par de manzanas y perfectamente en su lugar, una hendidura pronunciada donde nace la clavícula, que en otros tiempos habría servido maravillosamente de copa para mi tequila, del cuello colgaban dos hilos, rodeándolo, protegiéndolo, tensados por una pequeña cruz de plata, de cara alargada, barbilla pronunciada, labios afilados, pómulos enorgullecidos, nariz recta, delgada, ojos enormes, redondos, azul turquesa, frente amplia, orejas tímidas, con una melena rubia, rizada y mal sujeta por una pinza derrotada. Levantó la mirada y la detuvo justo donde se encontraba la mía, esperó a que me incorporara y pronunció:
- Hola guapo, disfruta tu jugada de dominó... nos vemos en la casa, recuerda que hace falta leche.


Escrito desde una mesa del Nimeta Baar en Tallín, Estonia.

m77 | Cuentos | 25 Julio, 3:42pm
mibito / 25 Julio, 11:44pm  
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yo digo que estabas en una sala de masajes :) no te hagas tranza...

hahaha este muy bueno,

ya escribe el del obsesso no? que mi respuesta ya tiene rato en movimiento.

saludos.

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